El ejército perdido

Aquí está tu respuesta, Min, siempre adelantándote a los acontecimientos, jejeje.

Han sido dos libros los que me han hecho darme cuenta de que todavía queda algo en mí de mi pasada afición por la lectura.
El primero, “Riesgo calculado” de Katherine Neville, autora de uno mis libros favoritos “El ocho“; y el otro, “El ejército perdido” de Valerio Massimo Manfredi.
Este último es el que me ha inspiradado a escribir las dos últimas entradas del blog, incluyendo ésta, y al que voy a dedicarme aquí.

Para el que le guste la Historia, en especial la griega, seguramente ya lo conoce o incluso lo ha leído ya.  Y para el que no le guste, quizá al leerlo encuentre una afición que pensara imposible.
Personalmente, nunca me ha gustado la Historia, pero sin embargo las novelas históricas me encantan.  Supongo que me sirven para paliar un poco mi incultura. (Aunque sea por poco tiempo.  Soy de memoria corta)

Cuando me decidí a leerlo, esperaba que me agradara, pero no contaba que me cautivara.

“El ejército perdido” es una historia de amor, pero también es una historia de sufrimiento, desgaste y supervivencia y de superación sin límites.
Con una narrativa genial y trepidante, el autor te transporta con el ejército mismo, como si fueras uno de ellos, haciéndote vivir lo que ellos viven, sufriendo lo que ellos sufren y subsistiendo como ellos, en la medida de los que lo consiguen.

Es la historia de los “Diez Mil”, el ejército mercenario griego contratado contra el emperador persa y cuyo destino era vencer o desaparecer, pero que contra todo pronóstico, perdieron y… sobrevivieron.

Renacer en la lectura

Después de dos años o más (puede que tres o cuatro o incluso cinco) sin encontrar un sólo libro que me motivara lo más mínimo a terminarlo, por fin me he reencontrado con mi afición perdida y olvidada; con mi gran pasión de la infancia por la lectura.

Perdí las ganas de leer.  Empezaba libros que abandonaba por quehaceres más importantes en el momento y olvidaba que los estaba leyendo.  No me terminaban de enganchar.

Afortunadamente llevo ya dos libros seguidos en pocas semanas y me han despertado tanto las ganas de leer, que ha habido días que he olvidado por completo lo que tenía que hacer, teniendo que hacerlo luego a prisa y corriendo.

Espero que esta nueva actitud hacia la lectura se recupere del todo como en mis tiempos de gran lectora, y no que sea algo temporal.

Tarde de concierto

Dejó salir a las mujeres que habían estado en la celebración y cuando vio un hueco se coló en el recinto.

Avanzó por el pasillo, ignorando todas las miradas que se clavaban en ella y se sentó en un banco de las primeras filas, esperando a que comenzara el concierto.

La música en sí no es que le fuera demasiado.  Le parecía triste, meláncolica, casi tétrica y hasta fúnebre.  Pero había que darle una oportunidad, ya que le habían dicho que venía un músico único: todo un virtuoso del órgano, con un curriculum vitae que ya querrían para sí muchos: primer músico del Vaticano, no sé  cuántas carreras de música y no sé cuántos premios internacionales más.  Y sólo tenía 17 años.

Empezó a sonar la música y en un segundo el aire quedó impregnado de las notas que escapaban de los tubos.  Cerró los ojos y se vio transportada a un lugar dónde sólo cabían la armonía y la paz.  Le invadió la serenidad y sentía que se elevaba en el aire con la melodía que escupía el órgano.  No reconoció ninguna de las interpretaciones, excepto la última, la novena sinfonía de Bethoven.  Y con su fin, también vino la bajada a la realidad.  Le había gustado, a pesar de todo, y deseó que no hubiera sido tan corto.

  Pero ya sólo quedaba la ovación del público a tan espléndido organista.

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