Tarde de concierto

Dejó salir a las mujeres que habían estado en la celebración y cuando vio un hueco se coló en el recinto.

Avanzó por el pasillo, ignorando todas las miradas que se clavaban en ella y se sentó en un banco de las primeras filas, esperando a que comenzara el concierto.

La música en sí no es que le fuera demasiado.  Le parecía triste, meláncolica, casi tétrica y hasta fúnebre.  Pero había que darle una oportunidad, ya que le habían dicho que venía un músico único: todo un virtuoso del órgano, con un curriculum vitae que ya querrían para sí muchos: primer músico del Vaticano, no sé  cuántas carreras de música y no sé cuántos premios internacionales más.  Y sólo tenía 17 años.

Empezó a sonar la música y en un segundo el aire quedó impregnado de las notas que escapaban de los tubos.  Cerró los ojos y se vio transportada a un lugar dónde sólo cabían la armonía y la paz.  Le invadió la serenidad y sentía que se elevaba en el aire con la melodía que escupía el órgano.  No reconoció ninguna de las interpretaciones, excepto la última, la novena sinfonía de Bethoven.  Y con su fin, también vino la bajada a la realidad.  Le había gustado, a pesar de todo, y deseó que no hubiera sido tan corto.

  Pero ya sólo quedaba la ovación del público a tan espléndido organista.

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1 comentario

  1. Min said,

    6 octubre 2009 a 13:03

    Oh, mola 🙂

    Nunca he ido a un concierto de órgano… aunque bueno… nunca he ido a un concierto de música clásica :$

    Besotes hermosa

    Me gusta


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