De madrugada

La cabeza duele y los párpados pesan.  Pero ahí sigues, en la misma posición que hace rato.

Intentas ponerte de pie, pero tus pies se quedan enclavados en la baldosa.

No sé a quién se le ocurriría decir eso de “se me han dormido…” pero qué equivocado estaba.  Más que adormecimiento es una tortura; un dolor insoportable que sólo puedes esperar que pase, sin poder mover los pies ni hacia adelante ni hacia atrás.

Por la ventana ya sólo se oye el silbido de las ruedas del tren de turno al girar sobre la vía.

Hasta los perros noctámbulos han apagado ya el volumen de sus ladridos.

Y en el aire, el rugir de algún bello durmiente clama que hace rato que pasó la hora de acostarse.

¡Mañana será otro día!

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